martes, 30 de abril de 2013

Párrafos de aire - Primera antología del poema en prosa colombiano



Poema XXIV

A medida que se va alejando, desposeyéndose de mentidos afeites que le pintara el artífice iluso, descarnándose de maliciosos arrequives, desvaneciéndosele el aura irreal de prestigios cordiales y espirituales con que la dotó la ánima rendida a su sortilegio, fugándosele músicas y aromos y el hálito imaginario (mas no ante mis sentidos embelesados de ese ayer) que ceñíanla, circundábanla e impregnábanla     -queda escueta y veraz una tanagra caprichosuela, multilocua, preciosa curtida en lides de engaño pequeño, ligeramente inconsciente de su perfidia, acaso; tal vez ella misma engañada por ella misma, y a no dudarlo, inferior a su destino, que hízola, sin ella darse cuenta, por ventura, simbolo y meta de una desbridada pasión, causa y origen de voluptuosas melodías, albergue ocasional que aspiró a refugio perenne de una sed insaturable, de un ensueño irrestricto, de un epónimo himnario regido por armonías recónditas, cantado por disímiles voces de gemelos fervor: un cántico de vívido erotismo y de lustral acento hiper-humano.
Un cántico que ya no resuena, qué va a resonar!, ni dejó huella , rastro visible; apenas, lancinante estigma, sólo, inacallable eco, clangor y treno irremisibles, lacras hondamente buriladas, surcos preñados de simiente: rencor, odio; rencor, odio, nunca jamás sentido antes.
Otra cosa será dejar pasar nubes no mirándolas; aistir -espectador indiferente- al fugarse de días y noches con el paréntesis de los tan nonbrados crepúsculos. Espectador abúlico, mirando sin ver, pero bebiéndose con los ojos lo que simula no mirar; viendo lo que no se mira, aspirando con todos sus sentidos ávidos la sombra transitoria que pasa; cansado y quieto y sordo, y aunque no exista otro más pletórico de vigor; más sediento de hacer y deshacer, girar y hendir el viento, rasguñar ondas acres, pisotear el reseco terrón, y oír todos los sones que discurren -latentes.
Flámulas en derrotas, banderas abatidas, gonfalones de bruces en el fango -sobre la escarificada planicie nada más vivía; y las estrellas guiñaban los ojuelos, las burlonas estrellas, desde su balcón de peluche (Julietas en celo), desde su atalaya de velludo, vagamente remecidas (sin duda) por la "música de las esferas", su propia música entonces, a no serlo por la de mandolinas y bandurrias de amartelado galantuomo, y acaso -además- por los ecos lontanos de férvidas sonatas, de tocatas ciclópeas, de cantatas efebrecidas: gritos y cánticos, trenos y arrullos y epitalamios -función de la humana angustia y del amor en trance de melodía.
Danzaban -si era danzar ese irrumpir de gráciles bacantes y maduras, de esbeltas y de grosezuelas, de estilizadas como cenceños pajecillos, o de valkíricas madonas de fértiles mamilas enhiestas y de calipigias rotundidades sobrias -:danzaban, si era danzar ese giro vortiginoso, animada metopa de ménades lujuriantes, exultantes -friso en marcha y al son de fanfarrias sabáticas, de sherzi de jubiloso delirio, de frénetico ritmo apocalíptico.
Pero yo soñaba esa vez, sino todavía. Y me bebía mar sordo, el dulcérrimo, ácerrimo mar sordo: espejo sin lustre, de odiseas mezquinas, de Cirses segundonas, limitados periplos y de centrípetas fugas: ¿una novia es la rosa de los vientos?
Para qué iría yo a contar lo que no íbaseme a entender, aunque con clara esencia y en simple forma de neto contorno, sin bordaduras ni calados, invariado el tono, el timbre parejo, fundamental el color -para qué iría yo a contar lo que nadie habíame pedido conocer?
De un añero escripto que corroyó, si el tiempo, también el abandono; sus bordes caprichoso malinas; los caracteres; isabelino el lino.
Rutila de heroica petulancia el texto simple, el esquemático raconto castrado de taraceas, cercenado de airones adjetivos; cenceño; óseo; medular; buído estilete, saeta locomóvil, preciso apotegma, química exactitud.
Cláusulas coloquiales, sin interlocutor, no siéndolo desdobladas entelequias, función formal, Evas de sí propio.
Retañe, caracola de Museo; eco sápido aún; perfume todavía por las glorietas aromando...
Pero, para qué iría a contar yo, para qué iría a cantar lo que no íbaseme a entender?
A lo mejor, ésa no sería sino una luciola errante a la que le prestó esplendor sideral mi fantasioso anhelo, sólo; lucerna fugitiva que enajenó mi sueño: quemando -acaso- los aceites finamente aromados que le subministró mi sueño mismo. Tal vez no fue sino reflejo de mi deseo, tan sólo señorial orquídea de mi espíritu, únicamente voluptuosa melodía que arquitecturó, con prístinos acordes de fogoso sabor, en frenético ritmo de pasión jubilante, el músico fallido que tras de mí se recata...
No fue sólo luciola errante, lucerna fugitiva: Hoy -¿no fue hoy?- yo la vi dolorosa madre del martirio, con los ojos cuajados de no valuables gémulas que anhelé por lustrales...
Y en otras ocasiones -ayer nomás- en sus ojos fulgía vero amor, de rebrillo coruscante; cabrilleo de pasión a duras bregas sofrenada...
No, no sólo fue luciola errante, lucerna fugitiva!
Cuando murió, la vi desnuda; apenas la vestía un trémulo picotearla de las estrellas que aún no le bebían la sangre, pero ya le eclipsban su luz irradiante y le teñían los lirios; la teñían los lirios de cárdenos amatistas, de présagos livores. La vi desnuda, grísea noche lunar por caminos en silencio, bordeados de sauces en pluvia y por eucaliptos vigías de acre fragancia sepulcral.
Cuando murió, la vi desnuda, muy más bella que nunca fue; más bella que cuando no la conocía sino en el sueño, presentida. Bella, tan misteriosamente bella, que, si no hubiera muerto, si topara con ella por las rúas triviales de la urbe trivial, la miraría fijamente, la miraría ávidamente, y no la conocería, no la reconocería.
Cuando murió, la vi desnuda, más desnuda que cuando más desnuda contra mi cuerpo se ceñia. Desnuda; apenas la vestía un trémulo picotearla de estrellas, antes de que el cendal neblinoso la cubriera de olvido.

Si, alguna vez, en mí renace el elegíaco, será imposible que se escriba ese Canto?

León De Greiff
De Prosas de Gaspar: primera suite 1918-1925
Bogotá, 1937





Cuerpos amados

Hace un año fui con mi madre a visitar la tumba de mi abuela. En verdad, abuela no estaba. Visitamos la lápida. Un trabajador la limpió con agua y jabón y le echó un poco de pintura. Le quitó algunas hierbas que prosperaban a su alrededor. En el frente, una enredadera bajaba como una plomada triste. A un lado, un frondoso y verde árbol de almendros se alimentaba con las vitaminas de los muertos. El aire sin pájaros de las diez de la mañana parecía próximo a incendiarse. Mi madre rezó y se lamentó varias veces: "Ay, mi madre", dijo repetidamente. Su rostro regresó a la melancolía y le vi disminuido el porte. No imaginaba ella que poco meses después moriría y que yo tendría que ocupar el lugar de su tristeza, el reemplazo de su lamento. Tendría que meter en mi cuerpo esos dos cuerpos. Llorar por ella y por mi abuela. Ambas, ahora, duermen en mi pecho y ya no pueden despertarse.

José Luis Garcés González
Montería, Córdoba, 1993





Sueño con ángeles

Por el sueño navega un barco cargado de ángeles. Vienen en cajas de madera, en guacales de tablados salvados de un naufragio.
Los marineros los ven comiendo flores en su cepo como reos andróginos de una mudez de ostra.
Su destino es un misterio. No se sabe si serán vendidos a un zoológico, a un circo, a un aviario, a un taxidermista, a un tratante de alas.
Por tratarse de un extraño contrabando -aunque no hay leyes marítimas que prohíban el transporte de ángeles en barcos- , por tratarse de un tráfico de sueños, el capitán evita tocar los grandes puertos del mundo.
Es como si el barco estuviera condenado a no anclar nunca, a viajar sin destino con la carga emplumada y melancólica.
Cada día huelen peor, a pústulas y almizcle, los maltrechos ángeles en sus podridos guacales. La nave se enfantasma en la niebla apagando sus luces y sus voces. Y la tripulación empieza a impacientarse, empieza a impacientarse...

Juan Manuel Roca
Bogotá, 2000


Párrafos de aire
Primera antología del poema en prosa colombiano
Estudio introductorio y selección Fredy Yezzed
Editorial Universidad de Antioquia

martes, 9 de abril de 2013

NORAH LANGE y su tarde a solas




tarde a solas


Vacía la casa donde tantas veces
las palabras incendiaron los rincones.
La noche se anticipa
en el piano, mudo
que nadie toca.

Voy a solas desde un recuerdo a otro
abriendo las ventanas
para que tu nombre pueble
la mísera quietud de esta tarde a solas.
Ya nadie inmoviliza las horas largas y cerradas
a toda dicha mía.

Y tu recuerdo es otra cosa
grande y quieta
por donde yo tropiezo sola.
Y mis latidos forman una hilera de pisadas
que van desde tu puerta hacia el olvido.


anochecer

Los brazos del sauce llorón
son serpentinas malgastadas.
El viento simula arpegios
jirones de música entrecortada.
El vespero anuncia la noche

mientras en otro horizonte
         el sol delira...

Cada árbol es un país de emociones
Tú y yo, multiplicándonos de amor, sumergiéndonos
en nuestros ojos, amplios de azul.
Tú y yo, como música que amortigua las distancias.

Como un niño llegué a tu corazón.
Tú, generoso, lo partiste para darme un pedazo de dicha.





Cuadernos de infancia (fragmento)

La veo ribeteada de una ternura que nadie podría tocar sin deshacerle algo, sin agregarle más gracia de la que era necesaria y real.
Montaba su caballo, vestida con esos faldones amplios opacos, que se usaban en aquella época.
La veíamos toda entera de un costado del caballo, la cara escondida bajo el ala del chambergo negro. Del otro, una sola mano enguantada; el perfil tan claro, como si de pronto se acercara a una lámpara.
Parecía que toda la figura hiciera contrapeso, desde un flanco del caballo, al otro, al luminoso, al ingreso de su rostro.
Montando así, nos alcanzaba una doble dulzura: podíamos verla de un costado, del costado de la sombra, del menos conocido, y del otro, en donde estaba toda, la recuperábamos intacta, idéntica al panorama de cariño que nos mostraba todos los días.
Mi padre al levantarla hasta la montura, sólo necesitaba juntar las manos para que ella apoyara un pie. La madre subía y, de inmediato, ya lista, se quedaba atenta esperando. Todos sus gestos, aunque fueran nuevos, vivían enseguida un paisaje habitual.
Mi padre hacía avanzar su tordillo. y al infligirle con su bota pequeños golpes en las patas, el caballo estiraba las delanteras y las posteriores en direcciones opuestas, hasta que la montura descendía a un nivel en que no era necesario emplear los estribos.
En semicírculo, nosotras, comentábamos la actitud sumisa y obediente del caballo, y después de promocionarnos ese espectáculo, se alejaban con un trote lento.
El lado resplandeciente de la madre desaparecía, y sólo nos quedaba el menos familiar; el más austero. Al acercarse a los primeros álamos que limitaban la quinta, recién sentíamos que algo nos faltaba. La barba rojiza de mi padre era lo único que divisábamos.
Ahora sé que el otro lado de la madre, el luminoso, iba muy cerca suyo.


Norah Lange
Obras completas
Tomo I
Beatriz Viterbo Editora


Norah Lange (1905-1972) Poeta y escritora argentina. Considerada por algunos como "la dama de la vanguardia del 20". Si bien, ella misma declaró: "Dejé de escribir poesía cuando me di cuenta que me sentía más cómoda haciendo prosa. Mis versos nunca llegaron a convencerme. [...] Eran puras metáforas, tal como lo dictaba el ultraísmo", su libro: Cuadernos de Infancia, en palabras de Sylvia Molloy "es uno de los más bellos y luminosos libros de memorias infantiles que se hayan escrito en la literatura latinoamericana."
Estudios de género o de las vanguardias, como las de Francine Masiello, Sylvia Molloy, Beatriz Sarlo, Jorge Boccanera, entre otros, revalorizan su obra y destacan su sostenida búsqueda experimental y el punto de quiebre con el canon que oprimía a la mujer escritora de comienzos de siglo.
Colaboró en las grandes revistas de la época: Prisma, Proa, Martín Fierro, Oral del Royal Keller.

Libros publicados: La calle de la tarde (1925), con prólogo de Jorge Luis Borges, Los días y las noches (1926) y El rumbo de la rosa (1930). 
El resto de su obra: Voz de la vida (1927), 45 días y 30 marineros (1933), Cuadernos de infancia. (1937),  Antes que mueran (1944), Personas en la sala (1950), Los dos retratos (1950), sus Discursos, recopilados por primera vez en 1942, luego ampliados con el título de Estimados Congéneres y la novela inédita: El cuarto de vidrio, incluida en sus Obras Completas (2005).