domingo, 24 de julio de 2011

Aquí pasaba a pie por estas calles,sin empleo ni puesto y sin un peso...Epitafio para Joaquín Pasos (Ernesto Cardenal - Joan Manuel Serrat)



Canción de cama

Este gozo de alcoba, tan de lino, lleno de sábanas,
este palpitar de almohadas bajo las sienes dormidas,
este nuevo llegar hasta el corazón de la cama
y luego saber que el pie, la mano, lo que a uno le queda
de pecho, busca, dice, escribe, grita tu nombre,
y cualquiera siente el momento que se aproxima de
morir acostado.
¿Qué es esto si no la ausencia de tu sueño,
la pérdida de tu respiración a mi lado?
Se ha perdido ya el hueco de tu cuerpo
que era la voz de tu carne desnuda hablándote
intimamente a la ropa planchada,
diciéndole a qué horas el brazo servirá de almohada
y cómo el tibio vientre palpitaría como otra almohada
viva, funda de seda de nervios y de sangre.




Poema inmenso


En estas tardes tu perfil no tiene línea precisa
pues no hay un límite en tu gesto para el principio de
tu sonrisa
pero de repente está en tu boca y no se sabe cómo se filtra
y cuando se va nunca se puede decir si está allí todavía
lo mismo que tu palabra de la cual jamás oímos la primera
sílaba
y nunca
terminamos de escuchar lo que decías
porque estás tan cercana en esta lejanía que es inútil preguntar cuándo vino tu venida
pues entonces nos parece que has estado aquí toda la vida
con esa voz eterna, con esa mirada continua,
con ese contorno inmarcable de tu mejilla,
sin que podamos decir aquí comienza el aire y aquí la carne
viva,
sin conocer aún dónde fuiste verdad y no fuiste mentira,
ni cuándo principiaste a vivir en estas líneas,
detrás de la luz de estas tardes perdidas,
detrás de estos versos a los cuales estás tan unida,
que en ellos tu perfume no se sabe ni dónde comienza ni
dónde termina.    





Oldmine 


Me he encontrado detrás de los espejos                           
allí donde hay museos de museos                        
y las antiguas corbatas se ahogan en silencio                    
esa es mi cara, mi vieja cara nueva                              
que yo clavaba en un bastón y la paseaba por las aceras
y ésta es mi carne, la que era                                   
transmitida por teléfono                                         
empacada en lindas valijas de viaje                              
pedida cablegráficamente por los salchicheros de Oxford
y falsificada en los mejores restaurantes                        
todo éste era yo                                                 
ese muchacho con golilla de encaje                               
que salía con Zurita los Jueves Santos
              

pero más tarde los automóviles me saludaban con agrado
mientras las señoras conservaban
sus pensamientos y sus cabellos peinados
los señores serios siempre han tenido la manía
de tirarse de atrás del pantalón de manera obscena
mis ojos veían las rosas y estas costumbre
me he encontrado detrás de los espejos
allí donde hay museos de museos
y las antiguas corbatas se ahogan en silencio
esa es mi cara, mi vieja cara nueva
que yo clavaba en un bastón y la paseaba por las aceras
y ésta es mi carne, la que era
transmitida por teléfono
empacada en lindas valijas de viaje
pedida cablegráficamente por los salchicheros de Oxford
y falsificada en los mejores restaurantes
todo éste era yo
ese muchacho con golilla de encaje
que salía con Zurita los Jueves s poco limpias
adivinando los tristes secretos de las perfumadas
descubriendo que en Palacio los W. C. están sucios
entonces dispuse bajarme la tensión arterial
y acomodarme a la imperfección de las locomotoras
como se acomodó a los besos con bigotes la esposa del Káiser
aquí están mis otros pies que se podían
destornillar a discreción
mis otras uñas, mis antiguas uñas que repartía
cada domingo entre los pobres
y estas orejas que permanecen adimentadas
a mi cuerpo, buenos descubrimientos
pero ya bastante primitivos como los gramófonos de rodillo.
Aquí estoy lejos de Luxemburgo, mi país de pequeñas
carreteras,
de pequeños cielos, de pequeños esfuerzos, de
pequeñas lágrimas, de pequeñas mujeres
lejos de Dantzing, mi ciudad ciudad
también lejos de Estela, lejos de toda
vieja marca de cigarrillos
lejos de lo lejos, de los faros, de las telefonistas y de
los luceros
cerca de esta ciudad alegre en la que se confunden los
calcetines
los hijos
y se permite a las culebras llevar sombrilla
cerca de mí mismo a una gran distancia
cerca del horrible ruido de la gente que mascaba hielo
cerca de los balidos de los espejos
de este espejo detrás del cual me asalta un viejo gesto
como asaltan a los que leen versos los gatos muertos. 




Liebpostal


Una casa. Un árbol. Un camino. Un perro.
La casa blanca. El árbol verde. El camino plomo. El
Perro negro.
El árbol verde junto al camino plomo. El perro negro
Junto a la casa blanca.
El perro negro junto al camino plomo. El árbol verde
Sobre la casa blanca.
El camino plomo se aleja del árbol verde. El perro
Negro entra en la casa blanca.
Sin perro negro, sin camino plomo.
Solos. Locos de gozo.
El árbol verde y la casa blanca.   




Joaquín Pasos, poeta nicaragüense, (1914-1947 ), integró desde muy joven el “Movimiento de Vanguardia” junto a José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, entre otros.
Colaboró con las revistas: Opera bufa, Centro, Los Lunes de la Nueva Prensa y en el periódico La Reacción. En 1939 escribe junto a José Coronel Urtecho: “Chinfonía burguesa”, conjuntos de poemas que más tarde ampliaron y convirtieron en una obra de teatro bufo. Murió a los treinta y tres años; antes de morir, dejó corregido sus poemas, una selección poética agrupada en: Poemas de un joven que no ha viajado nunca; Poemas de un joven que no ha amado nunca; Poemas de un joven que no sabe inglés; y Misterio indio.
En 1962 Ernesto Cardenal realizó una nueva antología más completa bajo el título de "Poemas de un joven".

El poema que sigue:"Canto de guerra de las cosas" está considerado como el más importante de su producción.

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó alguna piedra.
Vuestros hijos amarán al viejo cobre,
al hierro fiel.
Recibiréis a los antiguos metales en el seno de vuestras familias,
trataréis al noble plomo con la decencias que corresponde a su
carácter dulce;
os reconciliaréis con el zinc dándole un suave nombre;
con el bronce considerándolo como hermano del oro,
porque el oro no fue a la guerra por vosotros,
el oro se quedó, por vosotros, haciendo el papel de niño mimado,
vestido de terciopelo, arropado, protegido por el resentido acero…
Cuando lleguéis a viejos, respetaréis al oro,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó algún oro.

El agua es la única eternidad de la sangre.
Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud, hecha sangre.
Su violento anhelo de viento y cielo,
hecho sangre.
Mañana dirán que la sangre se hizo polvo,
mañana estará seca la sangre.
Ni sudor, ni lágrimas, ni orina
podrán llenar el hueco del corazón vacío.
Mañana envidiarán la bomba hidráulica de un inodoro palpitante,
la constancia viva de un grifo,
el grueso líquido.
El río se encargará de los riñones destrozados

y en medio del desierto los huesos en cruz pedirán en vano que
regrese el agua a los cuerpos de los hombres.
Dadme un motor más fuerte que un corazón de hombre.
Dadme un cerebro de máquina que pueda ser agujereado sin dolor.
Dadme por fuera un cuerpo de metal y por dentro otro cuerpo de metal
igual al del soldado de plomo que no muere,
que no pide, Señor, la gracia de no ser humillado por tus obras,
como el soldado de carne blanducha, nuestro débil orgullo,
que por tu día ofrecerá la luz de sus ojos,
que por tu metal admitirá una bala en su pecho,
que por tu agua devolverá su sangre.
Y que quiere ser como un cuchillo, al que no puede herir otro cuchillo.

Esta cal de mi sangre incorporada a mi vida
será la cal de mi tumba incorporada a mi muerte,
porque aquí está el futuro envuelto en papel de estaño,
aquí está la ración humana en forma de pequeños ataúdes,
y la ametralladora sigue ardiendo de deseos
y a través de los siglos sigue fiel el amor del cuchillo a la carne.
Y luego, decid si no ha sido abundante la cosecha de balas,
si los campos no están sembrados de bayonetas,
si no han reventado a su tiempo las granadas…
decid si hay algún pozo, un hueco, un escondrijo
que no sea un fecundo nido de bombas robustas;
decid si este diluvio de fuego líquido
no es más hermoso y más terrible que el de Noé,

sin que haya un arca de acero que resista
ni un avión que regrese con la rama de olivo!
Vosotros, dominadores del cristal, he aquí vuestros vidrios confundidos.
Vuestras casas de porcelana, vuestros trenes de mica,
vuestras lágrimas envueltas en celofán, vuestros corazones de bakelita,
vuestros risibles y hediondos pies de hule,
todo se funde y corre al llamado de guerra de las cosas,
como se funde y escapa con rencor el acero que ha sostenido una estatua.
Los marineros están un poco excitados. Algo les turba su viaje.
Se asoman a la borda y escudriñan el agua,
se asoman a la torre y escudriñan el aire.
Pero no hay nada.
No hay peces, ni olas, ni estrellas, ni pájaros.
Señor capitán, a dónde vamos?
Lo sabremos más tarde.
Cuando hayamos llegado.
Los marineros quieren lanzar el ancla,
los marineros quieren saber qué pasa.
Pero no es nada. Están un poco excitados.
El agua del mar tiene un sabor más amargo,
el viento del mar es demasiado pesado.
Y no camina el barco. Se quedó quieto en medio del viaje,
los marineros se pregunta ¿qué pasa? Con las manos,
han perdido el habla.
No pasa nada. Están un poco excitados.
Nunca volverá a pasar nada. Nunca lanzarán el ancla.

No había que buscarla en las cartas del naipe ni en los juegos de la
cábala.
En todas las cartas estaba, hasta en las de amor y en las de navegar.
Todos los signos llevaban a su signo.
Izaba su bandera sin color, fantasma de bandera para ser pintada con
colores de sangre de fantasma,
bandera que cuando flotaba al viento parecía que flotaba al viento.
Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo, como que si fuera
viniendo.
Subía, y luego bajaba hasta en medio de la multitud y besaba a cada
hombre.
Acariciaba cada cosas con sus dedos suaves de sobadora de marfil.
Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el tranvía;
cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada en la trompa.
Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas,
sobre el río de todos los puentes,
por el cielo de todas las ventanas.
Era la misma vida que flota ciega en las calles como una niebla
borracha.
Estaba de pie junto a todas las paredes como un ejército de
mendigos,
era un diluvio en al aire.
Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.
Con la opaca voz de un destrozado amor sin remedio,
con el hueco de un corazón fugitivo,
con la sombra del cuerpo
con la sombra del alma, apenas sombra de vidrio,
con el espacio vacío de una mano sin dueño,
con los labios heridos

con los párpados sin sueño,
con el pedazo de pecho donde está sembrado el musgo del
resentimiento y el narciso,
con el hombro izquierdo
con el hombro que carga las flores y el vino,
con las uñas que aún están adentro y no han salido,
con el porvenir sin premio con el pasado sin castigo,
con el aliento,
con el silbido,
con el último bocado de tiempo, con el último sorbo de líquido
con el último verso del último libro.
Y con lo que será ajeno. Y con lo que fue mío.
Somos la orquídea del acero,
florecimos en la trinchera como el moho sobre el filo de la espada,
somos una vegetación de sangre,
somos flores de carne que chorrean sangre,
somos la muerte recién podada
que florecerá muertes y más muertes hasta hacer un inmenso jardín
de muertes.
Como la enredadera púrpura de filosa raíz,
que corta el corazón y se siembra en la fangosa sangre
y sube y baja según su peligrosa marea.
Así hemos inundado el pecho de los vivos,
somos la selva que avanza.
Somos la tierra presente. Vegetal y podrida.
Pantano corrompido que burbujea mariposas y arco iris.

Fuente consultada: Seminario, vanguardia de los años 20, Jorge Boccanera
La foto que encabeza esta publicación pertenece a la obra gráfica "100 fotografías de Juan Rulfo".